domingo, 3 de julio de 2016

Homenaje al Dr. José Matias Manzanilla en el Cincuentenario de la Promulgación de la Ley de Accidentes de Trabajo (1961).



Homenaje al Dr. José Matias Manzanilla en el Cincuentenario de la Promulgación de la Ley de Accidentes de Trabajo (1961).
DISCURSO DE ORDEN
Dr. Napoleón Valdez Tudela
20 de enero de 1961
 
Hace cincuenta años, el 20 de enero de 1911, fue promulgada la ley de accidentes de trabajo, conseguida después de persistente esfuerzo legislativo, alentado por el espíritu amplio y comprensivo  de un maestro de San Marcos.
Una doble finalidad tiene la actuación  que hoy se realiza en nuestra Facultad: destacar la importancia jurídica que significó la incorporación de la protección social a nuestro derecho; y recordar la figura de José Matias Manzanilla, autor y propulsor de la primera ley de protección al trabajo, rindiéndole el homenaje que merece su memoria por su labor en favor de aquella protección.
Al estudiar la evolución del derecho y en particular la del derecho peruano, surge la similitud que existe entre la ley inglesa de 1802, de protección al trabajo de los menores, y la ley peruana de 1911 que introdujo el riesgo profesional en nuestra legislación. Ambas inspiradas en los mismos principios de humanidad y de justicia para los que trabajan y debidas también al calor y esfuerzo de dos figuras parlamentarias de renombre en la política europea y en la de este continente: Robert Peel y José Matias Manzanilla.  
[…]Sólo debo decir ahora que en medio siglo de aplicación de la ley de accidentes de trabajo, ha demostrado su sabia concepción jurídica y una estructura legal que mantiene a través de los años sus saludables efectos, constituyendo un verdadero monumento en el cual resaltará siempre la figura brillante del Dr. José Matias Manzanilla, que supo cumplir una comisión del gobierno y cumplir con su propia conciencia considerando como él mismo decía que “es el resultado de los sentimientos del alma moderna, pronta siempre a brindar protección a los desheredados y a los humildes; es el resultado de la renovación de la conciencia jurídica, que suele convertir en fórmulas legales, los imperativos de la moral; es, en fin, el complejo efecto  de todos los factores económicos, de todos los factores psicológicos y políticos y de todos los fenómenos constitutivos de la civilización, porque no la hay si no se desenvuelven las condiciones materiales de la existencia y del bienestar de las clases proletarias, que resultan comprometidas y amenazadas cuando la ley no impone la reparación de todos los infortunios de trabajo”.
Por eso un deber destacar lo que significó para nosotros la evolución jurídica y el aporte que Manzanilla dió a la introducción de nuevos conceptos económicos y jurídicos  dentro del derecho nacional.
En esta vieja casa de san marcos fué inspirador comprensivo de nuevas generaciones, desempeñando con altura de educador su Cátedra de Economía Política, el Decanato de la Faculta de  Ciencias Políticas y Administrativas, antecesora de nuestra facultad, y el Rectorado de esta prestigiosa Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

[…] El doctor Manzanilla estudiaba en su Cátedra de Economía Política los avances de la protección social. En sus clases delineaba con erudición y sentido social el desarrollo de las instituciones  de amparo legal a las clases trabajadoras y precisaba los alcances y fundamentos de las mismas, dentro del más puro sentido jurídico y económico.
Y no estuvo solo en esta orientación de lo que debía ser la futura legislación social; colaboraron, también en este esfuerzo destinado a incorporar al derecho nacional las leyes reguladoras de la contratación laboral, distinguidos elementos universitarios, entre los cuales cabe destacar al entonces alumno sanmarquino Luis Miró Quesada,  que presentara importantes tesis sobre cuestiones sociales y que más tarde, desde su curul parlamentaria, laborara al lado del maestro Manzanilla en favor de la aprobación de la ley de accidentes de trabajo.
En este esfuerzo, nacido en los claustros de San Marcos, está el alma de las primeras leyes de protección social y el verdadero espíritu de esa legislación, inspirada en un justo criterio jurídico y en un noble sentido de protección.
Esta labor netamente universitaria orientó la acción del Gobierno en los primeros años de este siglo. Hasta entonces el Estado no había tomado en cuenta el movimiento social de Europa, difundido y precisado a través de una vigorosa acción de pensadores y juristas.
Importantes conferencias y congresos internacionales habían concretado el anhelo de proteger el trabajo y destacadas leyes dictadas en Inglaterra, Francia, Alemania y Suiza, durante el siglo XIX, habían definido el criterio de protección social.
El año 1903 el Gobierno consideró llegado el momento de contemplar las cuestiones relacionadas al trabajo industrial, recogiendo la obra preparatoria  realizada en las aulas de San Marcos. Designó el 5 de junio de ese año una comisión que propusiera  las medidas y precauciones que debían adoptarse para disminuir el riesgo profesional en las industrias y formular un proyecto de ley de accidentes de trabajo para ser presentado al Congreso.

Pero el año siguiente, el 10 de mayo de 1904, el Gobierno dio un paso más amplio y definido, encomendando al Dr. José Matías Manzanilla, catedrático de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la preparación de los proyectos sobre reglamentación del trabajo industrial, encargo que cumplió presentando al año siguiente el grupo de proyectos que formulara y que fueran remitidos por el Gobierno a la cámara de Diputados.
Y es aquí donde se define  la labor social y humanista del Dr.  Manzanilla: no se contenta con haber estudiado  y proyectado las bases de la protección social para el Perú, sino que pone al servicio de esta noble acción su empeño personal para conseguir la realización de una primera conquista con la inclusión de la reparación de los accidentes de trabajo dentro del régimen jurídico peruano.

No es tarea fácil este propósito, se juzgaba prematura la incorporación de este principio a la legislación nacional, que ninguna nación de condiciones similares al Perú la había incorporado aún y que se corría el riesgo de esta primera experiencia. Pero Manzanilla brega desde su escaño parlamentario para la aprobación del proyecto, pulverizando las objeciones aducidas. “sobre las negras profecías y sobre las conjeturas y prejuicios,- decía en uno de sus memorables discursos,- están el ejemplo y las enseñanzas de los hechos, comprobando que las indemnizaciones por accidentes no detienen en el mundo industrial el desenvolvimiento de la producción. Es Alemania, en donde las amplísimas leyes de 1884 a favor de los trabajadores, no perturban su portentoso impulso económico.   Es Inglaterra, desde 1897; es Francia y es Italia, desde el 1898; es España desde 1900; es Holanda desde 1901; es Bélgica desde 1903 y son todos los países de Europa en los que la aplicación del riesgo profesional, no obsta al alza de los salarios, al desarrollo de las industrias, al acrecentamiento de los capitales”. Y en otra oportunidad, en su lucha denodada frente a las dilaciones de  los opositores al proyecto, expresaba: “Sé lo que significa enviar este proyecto a Comisión: es rechazarlo, relegándolo a un aplazamiento indefinido; pero las ideas, como dijera un ilustre estadista del Perú, marchan dormidas. Las ideas son como los soldados en las angustias de penosas jornadas, en desiertas soledades, en los páramos; van sonámbulos, semi-sonámbulos, para despertar en los momentos del combate y, quizás de la victoria. Así son las ideas, aparecen, se ocultan, perseguidas y vencidas hoy, suelen llegar a ser dueños del porvenir. Este proyecto que remediaría injusticias sociales y aliviaría las miserias del infortunio de los trabajadores, triunfará; seguramente triunfará alguna vez en el Parlamento del Perú”.

 Y su optimismo se convirtió en realidad: nuevos dictámenes, proyectos sustitutorios, concesiones del autor, pero al final el 11 de agosto de 1908 se coronaba el anhelo del Dr. Manzanilla con la aprobación del proyecto en la Cámara de Diputados. Se había transigido en muchos aspectos, pero la ley estaba en marcha, a partir de ese memorable día en que el maestro Manzanilla exclamara con júbilo: “Bella tarde la de hoy señores; ¡Esta ganada la batalla por el derecho!

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